Seleccionar página

Aprieta el botón. Volemos, vayamos a velocidades insospechadas, velocidades que ningún ser humano cuerdo desearía alcanzar, rompamos la barrera del sonido con un chasquido de dedos, decidamos implosionar y salir disparados a cientos de kilómetros por hora, a cientos de kilómetros, por ahora. Corramos, sin mover los pies, quietos, “in situ”, tu y yo. Seamos los más veloces del firmamento, que las estrellas fugaces sean eternas a nuestro lado y que la gente pida deseos al vernos pasar, efímeros y enfermos. Lleguemos a ser imperceptibles pero inconfundibles, increíbles a la vez que comunes, únicos a la vez que corrientes, hagamos visible nuestra bipolaridad tan atractiva, imantados por motivos inventados por nuestro deseos más profundos, por nuestros sueños, por una vida juntos. Suspiremos todo el oxígeno que llevamos dentro tras un beso eterno y como si de un “turbo” se tratara huyamos de nuestra zona de confort y busquemos retos, nuevas experiencias, nuevas compañías o soledad, cambiemos de aires, nuevos aires a los que suspirar tras un beso eterno.

Aprieta el botón. Deja que las consecuencias nos coman a cada uno de nuestros actos, deja que el efecto borre todas nuestras causas, seamos maquiavélicos y rompiendo las normas, saliéndonos del margen, cortando por fuera de la línea de puntos e incluso pintando fuera del cuaderno, consigamos el fin que tanto perseguimos. Hagamos lo que sabemos que no debería ocurrir, por esa simple razón, porque su prohibición implica el morbo de la clandestinidad y es que los remordimientos no tienen hueco en esta cama las noche de viernes. Vienes, marcas, hieres y te vas. Una y otra vez, como un boomerang del desamor que no hace nada más que golpear cada vez más fuerte en su retorno. Con cada “No” que brindas rompes una página más en blanco que no se va a escribir y perdona, pero muero por citar nuestra historia.

Ya no queda piel donde versar, ya no queda sitio en el que verter mis lágrimas.