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Soy creyente, pero no creo en Dios. No creo en algo parecido a un ser divino que lo controle todo desde “el más allá”, no creo que haya nada después de todo esto, no voy a regir mi vida por un final, que no sé cuando va a llegar. Decidí hace unos años que regiría mi vida día a día, por mis emociones, mis placeres y mis sueños. No creo en las iglesias, pero tengo mis propios santuarios. No creo en los rezos, pero cierro los ojos, miro al cielo y susurro versos muchas veces. No creo en curas ni en monjas. Creo en artistas. No creo en Dios, pero tengo mis propia religión.

La música. Creo en la música y en todo lo que le rodea. Creo de do a do, de sol a sol, por siempre. Creo en algo tan mágico que no tiene explicación y si la buscas, carece de sentido. Creo en el ser humano que se deja llevar por frecuencias que hacen vibrar su tímpano que, al mismo tiempo, comienzan a bombear su sangre más y más fuerte, llegando a provocar todo tipo de sensaciones: felicidad, emoción, tristeza, soledad, alegría, amor, desamor, admiración. Creo en los magos capaces de transmitir toda esta gran verdad. Sueño con ser uno de esos magos. Sueño con tantas cosas tan a menudo, que lo más sensato sería convertir esos sueños en realidad. Vivir en ese mundo creado en mi mente, tan idílico y utópico. Vivir en ese mundo gobernado por melodías. Un país sin límites, fronteras o opresiones, tan libre y liberal como el sonido y tan extenso como su alcance.

Con Octubre llega el Otoño, de su mano, el fin del verano, pero yo, soy uno de esos locos que intentarán alargarlo pisando la arena de la playa por la noche, vistiendo en pantalón corto hasta tiritar y disfrutando de la libertad que nos brinda esa estación que todos amamos. Seré un loco veraniego 365 días al año. Seguiré yendo de festivales cuando pueda, iré de conciertos cada fin de semana, recorreré el país y el mundo, arriba-abajo miles de kilómetros, persiguiendo grupos, canciones y fiestas populares. Lloraré con mis temas favoritos rodeado de amigos o solo y por lo tanto, rodeado de desconocidos que se preguntarán el ‘¿Por qué?’ que yo dejé de buscar hace unos años. Me rodearé de mucha gente distinta, que quizá no hable mi idioma pero entienda la misma lengua que yo comparto, que entienda unos pelos de punta y unos ojos brillantes en un momento dado, provocado por algo tan simple como una frase. Que compartan el mismo amor que yo por la cultura, la respeten, la apoyen y la compartan. No quiero un mundo con gente sin esa cualidad, es algo indispensable para mi. Conoceré muchos músicos e intérpretes, de todos los géneros que pueda, inhalando su esencia, conservando dentro de mí todo lo que pueda servirme y soltarlo en un suspiro en mitad de sus bolos. Apreciaré pequeñas cosas insignificantes que quizás, el resto de público ni perciba, porque a través de la pantalla de un SmartPhone no se puede ver tanto como con los ojos cerrados y las manos hacía arriba con los puños apretados. Admiro a la gente que llena bares, salas y recintos, congregándose con un mismo fin, un fin tan puro como sacar a su alma a bailar al son de unas notas musicales que le hacen feliz. Y seguiré bailando, hasta el fin del mundo, hasta quedarme sin fuerzas, sin aliento y sin alma. Hasta que la muerte nos separe. Quiero seguir haciéndolo todo el tiempo que pueda. Bailar como un loco que no sabe ni porque se mueve de esa forma, sin complejos ni vergüenzas, dejándome llevar. Siempre bailando.