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Cambios. Vivimos en constante cambio. Los cambios son inevitables e incluso necesarios, son parte esencial de la vida de toda persona, sean a peor o a mejor, pero deben formar parte de este trayecto. Una vida sin cambios no sería una vida, una historia insípida sin emoción ninguna, un cuento sin giros inesperados, un desierto sin espejismos. Todos nos exponemos a esos cambios, los deseamos, los buscamos y queremos que ellos lleguen. Otras veces los evitamos, buscamos la calma y la paz de la rutina. Pero cuando tu rutina pasa a tener nombre y apellidos, un olor y un tacto, es muy difícil asumir esos cambios, tanto, que no te haces nunca a ellos.

El rumbo de tu vida cambia. Ya no sabes hacía donde te diriges si no vas cogido de su mano. Ya no sabes cuales son tus pasos si no son pisando su sombra. Ya no sabes reír si no es por ella. Ya no sabes llorar si no es de felicidad, ya no sabes ser feliz, todo eso se fue tras sus suaves contoneos propios de su forma de andar. Cambian tantas cosas, desaparecen, se esfuman, se destruyen o simplemente, mueren. Mueren los besos, las caricias, los abrazos, las palabras y los gestos. Muere todo lo que quedaba. Una llama que ardía gracias a dos miradas locas de amor, se han convertido en cenizas y ahora el viento las borra, las cambia de lugar, las hace desaparecer, las hace morir y yo, muero con ellas.

Cambios. Cambiarás tantas cosas por otras y echarás de menos las que dejas atrás. Es ley de vida: “No sabes lo que tienes, hasta que lo pierdes”. Podría tatuarme esa frase, tan dolorosa como cierta, en el pecho, ahí donde dormías, donde queda tu aroma y tu recuerdo. Tan grabado a fuego, que nadie ni nada lo puede borrar. Cambiaré tus buenos días por un silencio, tus buenas noches, por mis llantos. Cambiaré todo lo que me recuerda a ti, por miles de personas distintas que llenen todo eso, pero todas llevarán tu nombre. Cambiaré los “¿Por qué?” por un “No tienes que darme explicaciones”. Cambiaré las conjugaciones de todos los verbos que te nombren a un pretérito perfecto simple, que implica un ayer, que implica un pasado, que implica que ya no te tengo. Cambiaré tu sitio en la cama por otras mujeres que nunca conseguirán hacer que me sienta arropado en las noches de frío. Cambiaré los desayunos por minutos de soledad ante el espejo observando mis ojeras y viendo como el eco de mis suspiros y bostezos quieren sonar al crujido del parquet cuando llegabas más tarde que yo al baño. Cambiaré el sonido del agua de la ducha contra tu cuerpo por el frío golpe de la misma contra el plato de la ducha. Cambiaré tu voz por otras frecuencias quizá menos irritantes, pero nunca tan dulces para mi. Cambiaré tu risa nerviosa, por la risa falsa que me sale cuando me hablan de ti para que crean que estoy bien y que ya no formar parte de todo esto. Cambiaré tu cara, por otro rostros, por otras facciones que jamás lograrán despertar en mí una pizca de curiosidad, tan solo, porque no son las tuyas. Cambiaré las horas, los minutos y los segundos en que te tenía en otras cosas, personas o acciones, pero nunca llegaré a casa con una sonrisa de niño pequeño como cuando ese tiempo eras tú.

No quiero que vuelvas, estás bien donde estás. Debes cambiar. Necesitas ese cambio. Tan solo soy un monstruo, un villano, el malo de la película que movido por una fuerza interna, en este caso, el amor, creó algo tan destructivo como vital que hizo que al desaparecer, derrumbara nuestros cimientos, con lo que nos costó levantarlos. Huye, corre y no mires atrás, se libre, se feliz. Cámbiame por quién quieras y ojalá, algún día, sea un cambio a mejor. Mientras tanto, yo seguiré esperando a que cambies de sentido y vuelvas a mis brazos.